Incluso mencionó que le había parecido una decisión justa y bien fundamentada. Después testificó el Dr. Ramírez, quien había tratado a Ernesto durante su enfermedad. Presentó historiales médicos que demostraban que el anciano nunca había perdido sus facultades mentales, que era una persona coherente, consciente y capaz de tomar decisiones. Luego fue mi turno. Me puse de pie y con voz firme conté toda la historia desde el principio. Cómo encontré a Beatriz y Ernesto abandonados en la carretera. Cómo los llevé al hospital.
¿Cómo me convertí en su apoyo cuando sus propios hijos los habían desechado, describí el estado en que los encontré la deshidratación de Beatriz, el shock emocional de ambos, la vergüenza y el dolor en sus rostros también conté como Fernando Carlos y Patricia aparecieron semanas después fingiendo preocupación, pero en realidad buscando solo la herencia. El juez escuchaba atentamente tomando notas. Cuando terminé mi testimonio, el abogado de la parte demandante intentó desacreditarme. “Señorita doctora,” dijo con tono condescendiente, “¿No es cierto que usted se ha beneficiado económicamente de esta situación, que ha establecido una relación cercana con la
familia esperando alguna retribución?” Lo miré directamente a los ojos y respondí, “Señor abogado, yo soy doctora con un consultorio establecido y un ingreso estable. No necesito beneficiarme de nadie. Lo que hice lo hice porque vi a dos seres humanos en peligro y porque tengo conciencia. Algo que al parecer sus clientes perdieron hace tiempo. Si establecí una relación cercana con esta familia, fue porque descubrí en ellos valores que escasean en este mundo. Amor, verdadero, respeto, gratitud, cosas que el dinero no puede comprar y que sus clientes nunca entenderán.
