Cuando todo estuvo listo, organizamos una pequeña fiesta de inauguración. Invitamos a los vecinos del pueblo, a los trabajadores que habían ayudado al notario don Esteban, al Dr. Ramírez y a algunas enfermeras del hospital. Fue una tarde preciosa llena de música, comida y risas. Beatriz y Ernesto caminaban por su casa tocando las paredes como si no pudieran creer que era real. Este era nuestro sueño decía Ernesto con lágrimas en los ojos. Y gracias a ustedes se hizo realidad.
Lucía había decidido dejar su trabajo en el hospital de la ciudad para dedicarse a cultivar la tierra. Sembró verduras, legumbres y flores. Empezó a criar gallinas y plantó más árboles frutales. Poco a poco la finca se convirtió en un lugar productivo y hermoso. Mateo crecía feliz corriendo por los campos, aprendiendo a cuidar las plantas, a recoger huevos. Era un niño diferente al que había llegado de California, más conectado con la naturaleza, más tranquilo, más feliz. Yo seguía visitándolos cada fin de semana y muchas veces me quedaba a dormir.
Mi casa en la ciudad empezó a sentirse vacía y fría, comparada con el calor de aquella familia. Una tarde, mientras tomábamos té en el porche de la casa, Beatriz me dijo, “Doctora Carmela, usted también es parte de esta familia. Esta casa es tanto suya como nuestra. Ernesto añadió, “Sin usted nada de esto habría sido posible. Nos salvó la vida, nos devolvió la dignidad, nos dio una familia.” Lucía tomó mi mano y dijo, “Hermana, ¿por qué no te mudas con nosotros?
Aquí hay espacio de sobra. Podrías tener tu propia habitación, tu propio espacio y estaríamos todos juntos. ” La propuesta me tomó por sorpresa, pero cuando lo pensé bien, me di cuenta de que era exactamente lo que mi corazón necesitaba. Acepté con lágrimas de felicidad. Al mes siguiente vendí mi casa de la ciudad, guardé mis cosas más preciadas y me mudé a la finca. Fu en la mejor decisión de mi vida. Allí encontré lo que había estado buscando sin saberlo.
