Cada prima era florecía en un estallido de colores que parecía celebrar la vida. La vieja cartera de cuero que Ernesto guardaba con tanto celo se conservaba en una vitrina de cristal en la sala principal junto con el sobre amarillento que había contenido la escritura de la finca, no por su valor material, sino por lo que representaba. era el símbolo de la justicia del amor verdadero y de la importancia de proteger lo que es justo. Los visitantes que llegaban a la casa siempre preguntaban por aquellos objetos.
Y entonces comenzaba nuevamente el relato de cómo una familia rota se reconstruyó más fuerte que nunca. Pasaron 50 años desde aquel día en la carretera y la historia se había convertido en leyenda en el pueblo. La gente hablaba de Beatriz y Ernesto como ejemplo de dignidad, de Lucía como modelo de amor filial, de Carmela como prueba de que la bondad existe. Y de Fernando Carlos y Patricia como advertencia de lo que sucede cuando la codicia destruye el alma.
Algunos decían que de vez en cuando en las noches de luna llena se podían ver tres figuras sentadas. en el porche de la vieja casa, dos ancianos tomados de la mano y una mujer de cabello blanco que los acompañaba. Los escépticos lo atribuían a la imaginación o a las sombras de los árboles. Pero los que creían en algo más sabían que era Beatriz Ernesto y Carmela, que seguían cuidando de la familia que habían formado. Seguían velando por la finca que había sido testigo de tanto dolor y tanta alegría.
seguían recordando a cada nueva generación que el amor siempre vence al final. Y ahora que has escuchado esta historia completa hasta el final, quiero preguntarte algo muy importante. ¿Alguna vez te has detenido a ayudar a alguien que lo necesitaba? ¿Has sido como la doctora Carmela, que decidió frenar su auto en lugar de seguir adelante? ¿O tal vez fuiste como Lucía, que a pesar de la distancia nunca abandonó a sus padres? O quizás conoces a alguien que pasó por una situación similar de abandono o traición familiar.
