Don Ernesto le dije con suavidad, “¿Puede contarme qué pasó exactamente?” Él respiró hondo y comenzó a relatar con voz entrecortada. Vivíamos con nuestro hijo mayor Fernando y su esposa desde hace dos años. Al principio todo parecía funcionar, pero poco a poco empezaron los reproches. Que si estorbábamos, Q, o si gastábamos mucho, que si ya no servíamos para nada. Cada día era una nueva humillación doctora. Nos trataban como si fuéramos muebles viejos que ocupan espacio. Esta mañana Fernando nos dijo que nos llevaría a conocer una hacienda preciosa, donde podríamos vivir tranquilos.
Nos ilusionamos como niños. Pensamos que finalmente nos valoraban. Subimos al coche con nuestras pocas cosas. Sus hermanos, Carlos y Patricia venían detrás en otro auto. Paramos aquí cerca del puente y Fernando dijo que tenía que revisar una llanta. Nos pidió que bajáramos un momento. Cuando quisimos darnos cuenta, los dos coches ya se habían ido. Esperamos creyendo que volverían. Pasó una hora, luego dos. El sol nos quemaba y Beatriz empezó a llorar. Yo intentaba consolarla, pero por dentro me estaba muriendo.
Doctora, ¿cómo pueden hacer eso los hijos que uno crió con tanto sacrificio? Las lágrimas corrían por sus mejillas arrugadas y sentí una rabia que me quemaba por dentro. Aquello no era solo abandono, era crueldad pura. Le prometí que les ayudaría y que sus hijos no se saldrían con la suya, aunque en ese momento aún no sabía cómo cumpliría esa promesa. Durante los siguientes días visité a Beatriz y Ernesto cada tarde después del trabajo. Les llevaba comida casera, revistas y, sobre todo, compañía.
Ellos me contaban historias de cuando eran jóvenes, de cómo se conocieron en una fiesta del pueblo, de las dificultades que pasaron para sacar adelante a sus hijos. del orgullo que sintieron cuando cada uno terminó sus estudios, Beatriz me enseñó a tejer mientras me relataba cómo cocía la ropa de los niños con retazos porque no había dinero para comprar telas nuevas. Ernesto me habló de las madrugadas en la obra, del cansancio que se acumulaba en los huesos, pero que se esfumaba cuando llegaba a casa y veía las caritas de sus pequeños.
