Patricia añadió con veneno, “Claro, tú vives tu vida tranquila allá lejos, mientras nosotros nos sacrificamos.” Lucía los miró uno por uno y dijo con voz firme, “Sacrificarse es llamar cada semana aunque estés cansada. Es enviar dinero aunque apenas te alcance para comer. Es renunciar a tus sueños para que ellos estén bien. Ustedes no se sacrificaron, los utilizaron mientras les convenía y cuando dejaron de servirles, los tiraron como basura. El silencio que siguió era denso y pesado. Finalmente, Fernando cambió de táctica.
Bueno, olvidemos el pasado. Lo importante es que papá y mamá estén bien. Ahora hay que pensar en el futuro, en cómo mantenerlos, en la herencia. Ahí estaba la verdadera razón de su visita. Ernesto, que había permanecido callado, se puso de pie y habló con una autoridad que no le había escuchado antes. Herencia. ¿De qué herencia hablan? Ustedes no heredarán nada de mí, Ferna. Ende yó, “Papá, no digas eso. Somos tus hijos, tenemos derecho. ” Ernesto sacó el sobre amarillento del bolsillo y lo puso sobre la mesa.
La finca que ustedes ya se estaban repartiendo en su mente ya tiene dueña. Hace 5 años la puse a nombre de Lucía. Ella es la única que merece esas tierras porque fue la única que nunca nos abandonó. El efecto de aquellas palabras fue devastador. Fernando se puso rojo de ira. Eso no puede ser legal. Estabas enfermo, te manipularon. Carlos gritaba reclamando su parte. Patricia lloraba de rabia, pero Lucía se mantuvo serena y preguntó, “¿Qué finca? ¿De qué están hablando?” Beatriz le explicó con dulzura toda la historia, las tierras, la deuda, el dinero que ella envió, la decisión de proteger su herencia.
