Una de las características más reconocibles del impétigo es la formación de las conocidas “costras color miel”, una descripción clásica y que ayuda a diferenciar esta infección de otras alteraciones cutáneas. Generalmente, el proceso inicia con pequeñas ampollas o granitos rojizos que se rompen con facilidad. Tras esa ruptura, queda una superficie húmeda que, con el paso de las horas, desarrolla las costras amarillas o doradas tan típicas del cuadro. Estas lesiones suelen aparecer alrededor de zonas expuestas como la boca, la nariz, las manos y los brazos, aunque pueden manifestarse en otras áreas. A pesar de su aspecto llamativo, suele tratarse de un problema superficial que, con tratamiento adecuado, evoluciona bien y en la mayoría de los casos no deja cicatriz.
El impétigo necesita una puerta de entrada para instalarse en la piel. Por eso es más común cuando existen raspones, cortes, picaduras de insectos, irritaciones por dermatitis o eccema, o cuando la persona se rasca repetidamente una zona previamente inflamada. Estas pequeñas lesiones cutáneas permiten que las bacterias ingresen y se reproduzcan. Pero además del daño directo en la piel, también existe un alto riesgo de transmisión por contacto directo, ya sea piel con piel o mediante objetos contaminados. Compartir toallas, juguetes, ropa o incluso productos de higiene o maquillaje puede facilitar el contagio, especialmente en entornos donde la convivencia es estrecha, como hogares con varios niños o guarderías.
