Su sonrisa se desvaneció. Thomas también lo agradeció. Zachary se inmutó, sin saber qué decir de su difunto esposo, ese mapa que aún ocupaba su corazón.
Con el paso de las semanas, la presencia de Naomi transformó el mueble. Flores silvestres aparecieron en frascos de vidrio sobre la mesa. Los pisos, barridos a diario, perdieron su perpetua capa de polvo.
Las cortinas, confeccionadas con restos de tela, suavizaron las ventanas y, gradualmente, casi imperceptiblemente, Naomi transformó su cuerpo llenándose, su piel adquirió un brillo saludable y sus ojos brillaron.
Zachary se encontró a sí mismo apresurándose a realizar sus tareas domésticas, ansioso por regresar a la cabina donde su voz y presencia lo esperaban.
Al anochecer, se sentaron en el porche, mirando la puesta de sol sobre las montañas, compartiendo fragmentos de sus vidas antes de que el destino los uniera.
Se enteró de que tenía 26 años y era hija de un maestro de escuela que había muerto joven, dejándola a cargo de su madre enferma.
Su matrimonio con Thomas Greeп, un genio en ciernes que soñaba con hacerse rico, apenas había durado un año antes del accidente. «Era un buen artista», dijo en voz baja cada noche, mientras observaba el destello de la luz sobre los picos distantes.
