La señora Toiver tomó la orden, le pidió a Zachary agua, limpió sus labios y los sacó firmemente de la habitación.
El parto es cosa de mujeres, le dijo. Tú solo tienes que pasear, preocuparte y seguir tu camino. Cortar leña o algo útil. Así que Zachary cortó leña, aunque les quedaba un mes.
Curó caballos que ya estaban relucientes. Reparó postes de heces que no necesitaban reparación. Y mientras tanto, los gritos de Noemí lo desgarraban, cada uno de ellos atravesándolo como un golpe físico.
Cerca del amanecer, cuando la primera luz pálida rozó el cielo de Pascua, un grito agudo, palpitante y aparentemente vivo llenó el aire. Zachary dejó caer el martillo que sostenía y corrió de vuelta a la cabina.
La señora Toiver lo recibió en la puerta, con el vestido puesto, pero el rostro radiante. «Un niño», dijo. Sano como un potro, y con cinco pares de patas.
—Y Naomi —preguntó con voz entrecortada y cansada, como cualquier madre joven, pero lo hizo de maravilla—. Puedes ir ahora, pero solo un momento. Ambas necesitan descansar.
A la suave luz de la lámpara de aceite, Naomi yacía apoyada en las almohadas, con el rostro exhausto, pero radiante. En sus brazos, una pequeña muñeca con una mata de pelo oscuro se retorcía y emitía pequeños gemidos.
"Zack", susurró. "Te presento a Thomas Zachary Gree". Algo se le atragantó en la garganta ante el deseo de que su nombre se entregara a esta nueva vida. "Es perfecto", dijo Zachary, extendiendo un dedo tentativamente para tocar la mejilla del bebé.
