Al lado del carro, la recostó suavemente, preguntándole por el nombre mientras trataba de mantener la calma a pesar de la presión que le oprimía el pecho.
Ella respondió con la respiración entrecortada, presentándose como Nalip y advirtiéndole que el niño llegaría antes de lo esperado.
Caleb comprendió lo que eso significaba en la frontera indulgente, donde el parto prematuro podía volverse mortal sin causar guerra.
Impulsó a los caballos hacia adelante, el cielo se oscureció mientras el polvo y la luz se filtraban en un tenue horizonte detrás de ellos.
Nalip susurró oraciones en su idioma mientras el carro se sacudía sobre cada grupo, cada movimiento provocando jadeos agudos.
Antes de que llegaran al refugio, ella gritó, indicando que ya no quedaba tiempo para evitar lo que estaba sucediendo.
Caleb se detuvo inmediatamente, subió al carro y se preparó para una responsabilidad que jamás había esperado llevar solo.
Por encima del abismo, le habló con firmeza, guiándola a través de cada compresión mientras el tiempo se difuminaba en esfuerzo y resolución.
El desierto quedó en silencio, salvo por la respiración, el movimiento y la determinación, hasta que finalmente un grito frágil atravesó el aire etéreo.
El niño estaba vivo, pequeño y tembloroso, y Caleb envolvió al recién nacido con cuidado, abrumado por el alivio que luchaba por contener.
Nalip lloró suavemente mientras sostenía a su hija, y el agotamiento la invadió mientras la gratitud reemplazaba al miedo.
