—A veces habla de un columpio rojo —comentó la niña, sin girarse—. Y de un coche negro que hacía mucho ruido.
Hernán se detuvo en seco. El columpio rojo era el del jardín de su casa, donde habían jugado juntos tantas tardes. El coche negro era el suyo. Sintió que las rodillas le fallaban.
“Es él”, pensó, tragando lágrimas. “Tiene que ser él”.
El camino se hizo cada vez más angosto hasta que Amalia señaló una casita de paredes agrietadas y ventanas pintadas de azul, con la pintura descascarada.
—Vivimos ahí.
Hernán se quedó mirándola como si fuera la puerta del cielo… o del infierno. Respiró hondo, se acomodó la chaqueta sin fuerzas, y se dejó guiar hasta la entrada. El portón chirrió cuando Amalia lo empujó. Adentro, una mujer los esperaba en la sala.
Claudia.
Su mirada se cruzó con la de Hernán apenas entró. Por un segundo, pareció una mujer cualquiera: cansada, sencilla, con las manos marcadas por el trabajo. Pero en cuanto vio al hombre, algo cambió en su rostro. Sus ojos se abrieron demasiado, una sonrisa nerviosa le tensó la boca y sus dedos se apretaron como si sostuvieran un secreto.
—Buenas tardes —saludó Hernán, intentando mantener la calma—. Creo… creo que mi hijo podría estar aquí.
Claudia soltó una risa corta, tirante.
—¿Su hijo? No, se equivoca. Aquí no vive ningún niño más que mi hija.
Amalia dio un paso adelante, confundida.
—Pero mamá, el niño…
—Amalia, entra ahora —ordenó la mujer con una dureza que congeló el aire.
La niña se quedó quieta, con los ojos llenos de inquietud.
—Señora, se lo ruego —insistió Hernán—. Solo quiero verlo. Un minuto. Si me equivoco, me marcho y no vuelvo.
—Ya le dije que aquí no hay ningún niño —replicó ella, cruzándose de brazos—. Váyase a buscar a otro lado.
El portazo con el que lo echó de la casa resonó en todo el callejón. Hernán se quedó allí, parado frente a la puerta cerrada, con los puños apretados y el alma hecha trizas. Podía escuchar los sollozos de Amalia del otro lado y el murmullo ahogado de la mujer que intentaba callarla.
Mientras recogía uno de los carteles que se le había caído, se juró una cosa en silencio:
“Está mintiendo. Aquí está Lorenzo. Voy a volver… aunque me cueste la vida”.
Lo que él no sabía era que, en ese mismo instante, en el piso de arriba, una niña temblorosa abría la puerta de un pequeño cuarto… y se encontraba con los ojos asustados del niño que cambiaría para siempre su destino.
Amalia subió las escaleras con el corazón a punto de salírsele por la boca. Sabía que su madre mentía a veces, pero nunca la había visto tan nerviosa, tan violenta. Empujó la puerta del cuarto y lo vio: sentado en un rincón, con un cuaderno en el regazo, los dedos manchados de lápiz y la mirada llena de miedo.
—Lorenzo… —susurró ella.
El niño levantó la cabeza, como si temiera que decir su nombre fuera un delito.
—Mamá me dijo que me quedara quieto —murmuró—. Que no hiciera ruido.
Amalia corrió a abrazarlo.
