El semáforo cambió a verde y los autos de atrás comenzaron a tocar el claxon. Diego sabía que tenía que moverse, pero algo extraordinario estaba sucediendo en su auto. “Gracias por el agua, Esperanza”, le dijo Diego. “¿Aquí vienes todos los días?” “Sí, señor. Todos los días después de la escuela ayudo a mi mamá vendiendo agüita. Tenemos que juntar para la renta. Nos vemos pronto, entonces, le dijo Diego, aunque no estaba seguro de por qué había hecho esa promesa.
Mientras se alejaban, Isabela se quedó viendo hacia atrás hasta que Esperanza desapareció entre el tráfico. Durante todo el camino a casa, Diego notó que su hija parecía diferente, más alerta, más presente, como si algo dentro de ella hubiera despertado. Esta noche, durante la cena en el elegante comedor de su mansión, Diego observaba a Isabela mientras ella jugaba con su comida en silencio. Carmen, la nana que cuidaba a Isabela desde bebé, sirvió el postre con su usual eficiencia.
Carmen le dijo Diego, ¿has notado algo diferente en Isabela hoy? La mujer mayor, que había trabajado para la familia Mendoza por más de 20 años, observó detenidamente a la niña. Ahora que lo menciona, señor Diego, sí parece más. Despierta. Sus ojos brillan diferente. Diego asintió pensativamente. No podía quitarse de la mente el encuentro con esperanza. Había algo en esa niña, una luz especial que parecía haber tocado a Isabela de una manera que ningún médico había logrado. Después de acostar a Isabela, Diego se quedó en su estudio revisando los informes médicos que se acumulaban en su escritorio.
Tomografías, electroencefalogramas, pruebas psicológicas, todo normal. Su hija era físicamente perfecta, pero su silencio permanecía como un misterio inquebrantable. Su teléfono vibró con un mensaje de su esposa Victoria, quien estaba en Europa por negocios. ¿Cómo siguió Isabela hoy? ¿Algún avance con el nuevo tratamiento? Diego dudó antes de responder. Victoria siempre había sido más impaciente con la condición de Isabela, siempre presionando por tratamientos más agresivos, terapias experimentales. Él había preferido un enfoque más suave, más amoroso. “Todo tranquilo, te llamo mañana.” escribió finalmente.
Esa noche Diego durmió inquieto. En sus sueños veía a Isabela corriendo hacia Esperanza y por primera vez en 6 años la escuchaba reír. El día siguiente amaneció más caluroso que el anterior. Diego había tomado una decisión durante la madrugada. Volvería a pasar por la esquina donde habían conocido a Esperanza. No estaba seguro de qué esperaba lograr, pero la reacción de Isabela había sido demasiado significativa como para ignorarla. “Vamos a ver a la niña del agua”, le preguntó a Isabela mientras desayunaban.
