La Palabra Que Desenterró el Silencio: El Secreto de la Mansión de Cristal

Luisa se acercó, respirando con dificultad. El olor a perfume rancio era más fuerte aquí. Y olía a algo más, algo metálico y dulce, difícil de identificar.

Ramiro se apresuró a meter una llave maestra que guardaba en su llavero. El cerrojo era antiguo y se resistió.

Luisa lo detuvo, susurrando: “No. Él no puede ver esto.” Se refería a Julián, que se había pegado a la pierna de Luisa, mirando la puerta con terror absoluto.

“Necesitamos saber qué le hizo hablar, Luisa. Necesitamos entrar”, gruñó Ramiro, desesperado.

Julián soltó un quejido. No era una palabra, sino un sonido de puro miedo, un sonido que jamás había hecho antes.

Ramiro hizo palanca con toda su fuerza. La madera crujió. El cerrojo cedió con un chasquido.

Justo cuando Ramiro empujó la pesada puerta, la oscuridad detrás de la rendija no les devolvió el silencio que esperaban. Un tenue, pero inconfundible, rasguño vino del otro lado, acompañado de un olor dulce y enfermizo que invadió el sótano.

La puerta de servicio se abrió con un gemido largo y quejumbroso. El aire que salió de la habitación secreta era espeso, sofocante, cargado con el perfume rancio y el olor dulce y nauseabundo que Luisa no lograba descifrar.

Ramiro encendió la linterna de su móvil.

Lo que encontraron no era una sala de juegos ni un almacén. Era un pasillo minúsculo, no más ancho que un ataúd, hecho de ladrillos húmedos y sucios.

Al final del pasillo, se abría una pequeña habitación.

Luisa sintió náuseas. Se cubrió la boca y tiró de Julián, que estaba al borde del colapso, de vuelta al área más iluminada del sótano principal.

Ramiro avanzó solo. El miedo ahora no era por su hijo, sino por la reputación que había construido con tanto cuidado. ¿Qué demonios había en el subsuelo de su mansión?

El haz de luz reveló una celda.

La Habitación Prohibida y el Olor a Azúcar Quemado

Era una habitación de aproximadamente dos por dos metros. Había un colchón viejo tirado en el suelo de tierra, y junto a él, un cubo de plástico.

La linterna se movió. No había cadenas, no había grilletes, pero el terror se sentía palpable.

En la pared, tallados con alguna herramienta afilada, había una serie de conteos. Líneas verticales que marcaban el paso de los días. Había cientos de ellas.

Ramiro tropezó. "Dios mío", jadeó. "¿Quién… quién estuvo aquí?"