Hannah parecía… normal.
Demasiado normal.
Nathan apenas habló con ella. Delegó la entrevista final en su asistente personal. Aprobó el contrato desde un vuelo privado, entre una llamada y otra. Otra variable resuelta.
O eso creyó.
4:17 p.m. — Heathrow
A 8.000 millas de casa, en el lounge ejecutivo del aeropuerto de Heathrow, Nathan abrió la aplicación de vigilancia en su teléfono. Era una rutina mecánica, casi automática. Un gesto que hacía varias veces al día sin pensarlo.
Playroom.
La imagen tardó dos segundos en cargar.
Dos segundos eternos.
Su pulso, entrenado para soportar negociaciones de miles de millones, se detuvo.
Dos sillas de ruedas vacías.
El aire abandonó sus pulmones.
Su estómago se desplomó.
—¿Dónde están? —murmuró, sintiendo cómo el pánico trepaba por su espalda.
Sus dedos temblaron. Pensó en gritar, en llamar, en activar todos los protocolos de seguridad. Pero entonces la cámara se movió. El sistema automático siguió algo fuera de cuadro.
Y las vio.
Bella y Charlotte estaban en el centro de la sala de juegos.
De pie.
No sostenidas. No apoyadas. No sujetas por ningún arnés.
De pie.
Sus piernas temblaban, sus cuerpos pequeños oscilaban como si el equilibrio fuera un idioma recién aprendido. Frente a ellas, a poco más de un metro, Hannah estaba arrodillada. Los brazos extendidos. El rostro empapado en lágrimas.
—Vamos, mis amores —susurró Hannah, con una voz quebrada que atravesó océanos—. Pueden hacerlo. Estoy aquí.
Nathan sintió que el teléfono se le resbalaba de las manos. El golpe metálico contra el suelo del lounge resonó en el silencio pulido del aeropuerto. Nadie entendió por qué un multimillonario de traje impecable se quedó paralizado, con la espalda apoyada contra una pared de vidrio.
