“Nos echaron hijo, no tenemos Año Nuevo” — dijo llorando… el Millonario que pasaba se detuvo y…

 

en la esquina. Consultó su reloj. 11:30 minutos para el año nuevo. Isabel sintió la extrañeza de la situación golpeándola nuevamente. Hace 12 horas estaba en su casa, bueno, la casa que había creído suya. Hace 6 horas estaba en la calle sin saber dónde dormir y ahora estaba aquí en el departamento de un hombre que era un completo desconocido, pero que de alguna forma se sentía menos extraño que personas que había conocido durante años.

La vida tenía esa forma extraña de destruirte y reconstruirte en el mismo día, de quitarte todo y luego darte algo inesperado justo cuando habías perdido la esperanza. Isabel no creía en señales ni en destino. Había dejado de creer en esas cosas cuando su vida se había desmoronado a pesar de todas sus oraciones y deseos. Pero había algo en esta noche, en este encuentro imposible, que la hacía preguntarse si tal vez, solo tal vez, el universo no era completamente cruel.

Miguel trajo dos copas de agua con hielo y se sentó nuevamente, esta vez un poco más cerca, no invasivamente cerca, solo lo suficiente para que pudieran hablar en voz baja sin despertar a Emilio. Le contó sobre el día que decidió dejar de sentir lástima por sí mismo y empezar a construir algo nuevo. Había sido 3 años después de que su prometida lo dejara, 3 años de existir en piloto automático, trabajando obsesivamente porque el trabajo no te abandonaba, no te decía que había conocido a alguien mejor.

Isabel reconoció ese mecanismo de supervivencia. Ella había hecho lo mismo después de descubrir la infidelidad de Damián, enterrándose en su trabajo, en las necesidades de Emilio, en cualquier cosa que la mantuviera demasiado ocupada para pensar en lo rota que se sentía. 11, 45, 15 minutos.

La tensión en el aire cambió sutilmente. Ambos eran conscientes de que la medianoche se acercaba. Ese momento artificial pero significativo, cuando un año moría y otro nacía, cuando se suponía que debías reflexionar sobre lo perdido y esperanzarte sobre lo ganado. Isabel se preguntó qué diría si alguien le hubiera dicho hace 24 horas que estaría recibiendo el año nuevo en el departamento de un extraño con su hijo dormido en el sofá.

Miguel encendió la televisión nuevamente. Esta vez en el canal que transmitía el conteo desde el zócalo. Miles de personas gritaban, saltaban, celebraban. Isabel se preguntó cuántas de ellas realmente estaban felices y cuántas solo fingían, porque se suponía que debías estar feliz en Año Nuevo. 11:55 minutos.

Emilio se movió en su sueño, murmurando algo ininteligible, y tanto Isabel como Miguel lo miraron con ternura compartida. En ese momento, Isabel se dio cuenta de algo. Miguel no solo los había ayudado porque alguien lo ayudó a él hace años. Los había ayudado porque necesitaba tanto como ellos. Necesitaba sentir que este día significaba algo, que su soledad servía para algo más que recordarle lo que había perdido.

11:58 Isabel miró a Miguel y encontró que él ya la estaba mirando. Había una preguntaen sus ojos, algo que no se atrevía a verbalizar, pero que flotaba entre ellos como niebla. [música] Isabel no sabía cuál era la pregunta exactamente, pero sintió que la respuesta, fuera cual fuera, cambiaría algo fundamental entre ellos.

11:59. El conteo comenzó en la televisión. 10 9 8 Isabel tomó una decisión inconsciente, dejando que su mano descansara sobre la mesa, cerca, pero no tocándola de Miguel. 7 6 C. Miguel movió su mano cerrando ese pequeño espacio entre ellos hasta que sus dedos se rozaron levemente.

Cuatro, tres, dos, un feliz año nuevo gritó el mundo. E Isabel sintió por primera vez en meses que tal vez había algo por lo cual estar feliz. Isabel despertó sobresaltada, sin recordar en qué momento se había quedado dormida. La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las cortinas del cuarto de huéspedes y por un instante, de pánico absoluto, no supo dónde estaba.

Su cuerpo se tensó lista para pelear o huir hasta que vio a Emilio durmiendo a su lado, acurrucado como un caracol con la manta hasta la barbilla, y los recuerdos de la noche anterior regresaron como una avalancha. El paradero Miguel, el departamento, el año nuevo, se sentó lentamente tratando de no despertar a Emilio y miró alrededor de la habitación iluminada por la luz natural. Todo seguía siendo real.

No había sido un sueño desesperado de su mente exhausta. Realmente estaban aquí, en un lugar seguro, con un techo sobre sus cabezas. El reloj en la mesita de noche marcaba las 7:15 de la mañana, primero de enero, un año nuevo que había comenzado de la forma más extraña posible. Isabel se levantó con cuidado acomodando la manta sobre Emilio antes de salir del cuarto descalza, cerrando la puerta con suavidad detrás de ella.