“Seré tu Sirviente por Siempre, Solo Alimenta a Mis Gemelos”, Suplicó el Ranchero a la Joven Viuda.

La respuesta no llegaba. ¿Podría encontrar la ayuda que tanto necesitaba en este pueblo tan callado, tan distante de todo lo que conocía? Las respuestas que había buscado siempre se le escapaban entre los dedos, como el agua de un río que no se deja atrapar. El amor de un padre no siempre es suficiente y Santiago lo sabía. Pero, ¿qué más podía hacer si no tenía nada más? El sol ya se había ocultado completamente y la plaza del pueblo, antes llena de vida, parecía ahora un lugar desolado.

Santiago seguía allí, inmóvil, abrazando a sus gemelos con el mismo aire desesperado. Las sombras alargadas de los árboles caían sobre su figura, marcando su silueta cansada. El dolor de no poder darles lo que necesitaban le quemaba el pecho, pero de repente un sonido quebró su silencio. Una voz rasposa, pero cálida, lo llamó desde atrás. Hijo, veo en tus ojos lo que llevo años viendo en los míos. El dolor de no tener a quien recurrir. Santiago se volteó y allí, frente a él, apareció una anciana.

 

Su rostro arrugado estaba marcado por el paso del tiempo, pero su mirada, aún vivaz, reflejaba una sabiduría profunda, como si la vida le hubiera enseñado más que a muchos. Su andar era lento, pero firme, y con cada paso que daba hacia él, Santiago sentía una extraña sensación de consuelo, como si algo en su interior le susurrara que no todo estaba perdido. La anciana se detuvo a su lado, observó a los gemelos y, con una voz suave, pero cargada de una verdad amarga, le dijo, “Sé lo que buscas, joven.