Clara, que había asumido su roletud maternal, se sentó en una mecedora junto a la cuna donde descansaban los gemelos. Con manos firmes pero delicadas, comenzó a amamantarlos. Y aunque su corazón aún estaba marcado por el dolor de la pérdida, en ese acto encontró una conexión inesperada. La vida, de alguna manera, seguía su curso a través de esos pequeños que, al igual que su hijo, que ya no estaba, necesitaban de ella para sobrevivir. Santiago los observó por un instante desde el umbral de la puerta y en su pecho se formó un nudo de gratitud y esperanza.
Nunca pensó que encontraría este consuelo en un lugar tan lejano de todo lo que había conocido. Esa noche, después de un largo día de emociones crudas y realidades duras, Santiago se acomodó en el sofá, el cual Clara le había ofrecido con la misma amabilidad con la que había abierto su puerta. Los gemelos dormían plácidamente en la cuna al lado de la mecedora de Clara. La paz de ese momento, por pequeña que fuera, lo tranquilizó. Cerró los ojos y en su pecho al fin sintió algo que hacía tiempo no experimentaba, el alivio de saber que al menos esa noche sus hijos estarían bien alimentados y cuidados.
Al día siguiente, la luz de la mañana se filtró suavemente a través de las rendijas de la ventana, como si no quisiera romper la tranquilidad que había invadido el hogar. Santiago despertó antes de que el sol llenara por completo el horizonte, como si la vida lo llamara a levantarse antes de lo que su cuerpo le pedía. No había tiempo que perder, tenía una promesa que cumplir. Se levantó del sofá con movimientos lentos. Pero decididos, mirando a sus gemelos que seguían profundamente dormidos, abrazados por el calor de la cuna.
