Vanessa perdió todo. Demandas. Cargos. Nada de dinero.
Esa noche, Roberto vio a su hija dormir tranquila. María le leía en braille.
—Gracias —susurró.
—Es amor —respondió ella.
Roberto entendió por fin: el dinero compra muchas cosas, pero jamás lealtad.
Había perdido una esposa trofeo.
Pero había ganado una familia real.
Y eso valía más que cualquier imperio.
