El abogado lo siguió masculando, algo sobre demandas futuras, pero todos sabíamos que era una amenaza vacía. Cuando se fueron, el ambiente en la casa cambió completamente. Era como si se hubiera ido una nube oscura y por fin entrara la luz. Aquella noche cenamos los cinco juntos. Beatriz Ernesto Lucía, su hijo pequeño de 6 años que había llegado el día anterior desde California y yo, fue una cena sencilla de sopa, arroz y pollo guisado, pero estaba llena de amor y gratitud.
El niño que se llamaba Mateo, preguntó con inocencia, “Abuela, ¿por qué lloras si estamos todos juntos y felices?” Beatriz lo abrazó y le dijo, “Lloro de felicidad, mi amor. Lloro porque a veces cuando todo parece perdido, Dios envía ángeles para salvarnos.” Me miró al decir eso y yo negué con la cabeza, “El ángel es tu hija, Beatriz. Yo solo hice lo que cualquier persona con corazón habría hecho.” Esa noche, después de acostar a Mateo, Lucía y yo, salimos al jardín.
El cielo estaba estrellado y el aire fresco traía olor a jazmines. Me confesó que había tomado una decisión. Voy a volver a México para siempre. Mis padres me necesitan y yo los necesito a ellos. Además, ya estoy cansada de vivir lejos de mi tierra. Le dije que me parecía una decisión valiente y correcta. ¿Y tu trabajo?, pregunté. ¿Conseguiré algo aquí? Respondió. Soy buena enfermera y siempre hay hospitales que necesitan personal. Además, tengo la finca que ni siquiera sabía que existía.
Tal vez pueda hacer algo con esas tierras, sembrar, cultivar, darle un futuro mejor a mi hijo. Le propuse ayudarla con los trámites y contactos que pudiera necesitar, y ella aceptó agradecida. Sellamos nuestro compromiso con un abrazo. Y supe en ese momento que aquella familia había encontrado su camino de regreso a la felicidad. Pasaron las semanas y la vida encontró un ritmo apacible. Lucía consiguió trabajo en el hospital donde yo trabajaba. Empezamos a colaborar en el mismo turno y descubrimos que formábamos un equipo excelente.
