Regresamos junto a los demás y encontramos a Ernesto abriendo la puerta de la casa con una llave vieja y oxidada. Entramos todos con cautela porque no sabíamos en qué condiciones estaría el interior después de tanto tiempo abandonado. Pero para nuestra sorpresa, la casa estaba en mejores condiciones de lo esperado. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas que Beatriz comenzó a quitar con ayuda de Lucía. Apareció un sofá de madera noble, una mesa grande de comedor, sillas antiguas pero sólidas, un aparador con platos de cerámica pintada a mano.
Todo tenía ese encanto de las cosas hechas para durar, para ser heredadas, para contar historias. Recorrimos las habitaciones. Había cuatro dormitorios amplios con ventanas grandes que dejaban entrar la luz del sol. La cocina tenía una estufa de leña antigua, pero funcional. El piso era de baldosas rojas hechas a mano, cada una ligeramente diferente a la otra. Aquel lugar respiraba historia y amor. Era evidente que había sido construido con dedicación y riño. Lucía se quedó de pie en medio de la sala principal, girando lentamente para absorber cada detalle.
“Voy a restaurar esta casa”, dijo con determinación. “Voy a traer a mis padres aquí para que vivan sus últimos años en el lugar que siempre soñaron. Y Mateo crecerá corriendo por estos campos, aprendiendo a amar la tierra, conociendo de dónde viene. Ernesto y Beatriz se miraron con los ojos brillantes. “Hija, no tienes que hacer eso”, dijo Beatriz. “Nosotros estamos bien donde estamos.” Lucía negó con la cabeza, “Si tengo que hacerlo, mamá, ustedes se merecen vivir en paz, rodeados de belleza y tranquilidad después de todo lo que han sufrido.
Además, este siempre fue su sueño y yo voy a hacerlo realidad.” En ese momento sentí una oleada de emoción que me atravesó el pecho. Aquella mujer que había sacrificado tanto, ahora estaba dispuesta a sacrificar aún más por la felicidad de sus padres. Me acerqué a ella y le dije, “Lucía, yo te voy a ayudar. Conozco albañiles honestos, carpinteros hábiles, electricistas de confianza. Entre todos restauraremos esta casa y la convertiremos en el hogar que tus padres merecen.” Ella me abrazó fuerte y susurró, “Gracias, hermana, porque eso eres para mí ahora una hermana.” Aquellas palabras sellaron un lazo que el tiempo jamás rompería.
