“A ver si sobreviven sin nosotros”, rieron los hijos – pero el anciano escondía herencia millonaria…

Los meses siguientes fueron de trabajo intenso pero gratificante. Cada fin de semana íbamos a la finca y trabajábamos en las reparaciones. Contraté a los mejores trabajadores que conocía y supervisé personalmente cada detalle. Lucía usó parte de sus ahorros y yo aporté también sin que ella lo supiera, diciéndole a los obreros que cobraran menos de lo acordado y pagando yo la diferencia, la casa fue tomando vida poco a poco. Pintamos las paredes de colores cálidos. Reparamos el techo.

Instalamos un sistema de agua potable. Arreglamos la instalación eléctrica. Restauramos los pisos de baldosa. Lijamos y barnizamos los muebles antiguos. Plantamos flores en el jardín y árboles nuevos que darían sombra y frutos. Beatriz y Ernesto venían con nosotros y aunque no podían hacer trabajos pesados, se encargaban de las tareas más delicadas. Ella cosía cortinas nuevas con telas coloridas. Él reparaba las cercas de madera con la habilidad que aún conservaban sus manos. Mateo también ayudaba a su manera, recogiendo piedras, limpiando herramientas, trayendo agua fresca a los trabajadores.

Aquellos sábados se convirtieron en los días más felices de nuestras vidas. Trabajábamos bajo el sol, reíamos, compartíamos comidas sencillas sentados en el pasto y al final del día contemplábamos el atardecer desde el porche mientras planeábamos lo que haríamos la semana siguiente. Nunca me había sentido parte de una familia de verdad hasta ese momento. Mis propios padres habían muerto cuando era joven y no tuve hermanos. Había construido mi vida alrededor de mi carrera, pero siempre había un vacío que nada llenaba.