Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

Una semana después del “plazo”, Pedrito se sentó solo. A las dos semanas, comió gelatina sin que lo obligaran. A los dos meses, dio pasos torpes agarrado de la mano de Valeria.

El hospital entero se llenó de rumores: que si era milagro, que si era suerte, que si era un caso único. Rodrigo dejó de buscar explicaciones para empezar a vivir los días como un regalo.

Cuando por fin le dieron el alta, Clara lloró tanto que le dolió la cara. Rodrigo cargó a Pedrito, más ligero de lo que debía, pero vivo. Afuera, en el patio, Valeria los esperaba con la botella dorada apretada contra el pecho.

—Te lo dije —sonrió—. Ibas a volver a jugar.

Pedrito la abrazó con fuerza.

—Nunca te voy a olvidar.