—Si lo hace sonreír… que venga. Que venga todos los días.
Valeria empezó a venir después de la escuela, ahora acompañada por Marina. Traía historias, dibujos, una fe que no flaqueaba. Pedrito, al verla, parecía aferrarse a la vida como si la amistad fuera un hilo.
La administración del hospital quiso prohibir las visitas fuera de horario. Rodrigo, por primera vez, no usó su influencia para exigir; la usó para proteger. Consiguió permisos, reglas claras: Valeria podía entrar con su mamá.
Un día, Marina confesó en voz baja que Valeria tenía anemia y el tratamiento era caro. Rodrigo, sin pensarlo, lo pagó. No como caridad, sino como deuda de gratitud.
—Su hija me está prestando esperanza —le dijo—. Y la esperanza también salva.
El doctor Flores mandó analizar el agua del patio. El resultado fue decepcionante: agua normal, sin minerales milagrosos. “Nada especial”, decía el informe.
Y sin embargo… Pedrito mejoraba.
Lento. Inexplicable. Real.
