Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

Llevaba tres semanas viviendo en una silla de vinil, con el saco arrugado, la barba crecida y el teléfono pegado a la oreja como si eso pudiera cambiar algo. Su hijo, Pedrito, de apenas tres años, yacía conectado a monitores que pitaban con una paciencia cruel. Cada día el niño era más liviano, más pálido, como si se estuviera borrando.

Cuando el doctor Santiago Flores, jefe de pediatría, le pidió hablar “con calma”, Rodrigo sintió que el piso se inclinaba.

—Señor Acevedo… tenemos que ser honestos —dijo el médico, eligiendo las palabras como si fueran vidrio—. Hemos probado todo lo posible. Seis esquemas, especialistas, estudios… La condición de Pedrito es rarísima. En los pocos casos documentados en el mundo… ninguno tuvo un desenlace favorable.

Rodrigo apretó los puños.

—¿Cuánto? —preguntó con la voz rota.