Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

El doctor bajó la mirada.

—Cinco días. Tal vez una semana, si tenemos suerte. Lo único que podemos hacer ahora es sostenerlo. Que no sufra.

Rodrigo sintió que algo dentro de él se desplomaba sin hacer ruido. Volvió a mirar a su hijo: tan pequeño en esa cama, rodeado de tubos. Pedrito siempre había sido risa, carreras, manos pegajosas de dulce. Ahora parecía una figurita frágil, lista para quebrarse.