– ¡Señor Víctor!
Era Amara.
Su voz temblaba, cruda, cargando a los gemelos cuyos llantos cortaban el pasillo como vidrio roto.
Nunca la había escuchado sonar así.
Nunca había escuchado a nadie sonar así por él.
Ella cayó de rodillas a su lado.
Los bebés se retorcían en sus brazos, sus pequeños cuerpos temblando de miedo.
– Por favor, por favor despierte –susurró ella.
Revisó su pulso con dedos temblorosos.
– Dios, no hagas esto. No dejes a estos bebés. No nos dejes. ¡A nosotros!
Víctor sintió esa palabra como una cuchilla presionada en la parte más suave de su pecho.
Los gemelos lloraban más fuerte.
Eran llantos aterrorizados, desesperados.
Amara intentaba calmarlos mientras reprimía su propio miedo.
No los soltaba, ni siquiera por un segundo.
Su respiración era inestable.
Su voz se quebraba mientras los mecía y le rogaba a él que se moviera.
Todo el tiempo, Víctor permaneció congelado en su oscuridad autoimpuesta.
Se daba cuenta lenta y dolorosamente de algo.
Nada de su riqueza, nada de su poder, había hecho que alguien suplicara por su vida.
Excepto ella.
Y ella no actuaba por deber.
Actuaba por amor.
Un amor real, visceral y sin guardia por los niños.
E imposiblemente, por el hombre que ella creía que yacía muriendo a sus pies.
Por primera vez en su vida, Víctor Almeida se sintió realmente visto.
