Y totalmente indigno.
La respiración de Amara se volvió más rápida.
Eran jalones de aire agudos y desiguales que contaban una historia que Víctor nunca se había molestado en escuchar.
Sus brazos se apretaron alrededor de los gemelos.
Ambos temblaban, con sus pequeños puños aferrándose a su uniforme.
Como si ella fuera la única cosa sólida que quedaba en su mundo que se rompía.
Y lo era.
Realmente lo era.
– Lucas, Nenah… está bien, mis dulces bebés –susurró, aunque su voz la traicionaba.
– Estoy aquí. Estoy aquí. No tengan miedo.
Pero el temblor en sus palabras solo los hizo llorar más fuerte.
Víctor escuchaba, inmóvil.
Sentía cada nota de su pánico hundirse más allá de sus costillas y asentarse donde debería haber estado su corazón.
Nunca había escuchado a sus hijos llorar así.
Nunca había estado lo suficientemente cerca.
Ni lo suficientemente presente.
Sin embargo, aquí, en medio del pasillo de mármol que alguna vez caminó como si le perteneciera, entendió algo brutal.
No lloraban por su padre.
Lloraban por ella.
Amara intentó liberar una mano para alcanzar el teléfono de Víctor que estaba en el suelo.
Pero en el momento en que aflojó su agarre, Nenah gritó.
Y Lucas se aferró a ella como si temiera que el mundo desapareciera.
Las lágrimas corrían por el rostro de Amara.
Silenciosas al principio, luego sollozos temblorosos.
Trató de tragar saliva.
– No sé qué hacer –susurró para nadie, para todos, para Dios.
– Por favor, por favor no dejes que muera. No así. No frente a ellos.
Una lágrima caliente cayó sobre la mejilla de Víctor.
Una lágrima que no era suya.
Ella se inclinó más cerca, con la frente casi tocando la de él.
– Señor Víctor, déme algo. Cualquier cosa. Un movimiento. Un respiro. Por favor. Ellos lo necesitan. Yo lo necesito.
El llanto de los gemelos se suavizó hasta convertirse en hipo mientras ella los mecía.
Tarareaba una canción de cuna rota de una infancia sobre la que él nunca había preguntado.
