"Gabriela", dijo, y su nombre salió cargado de culpa.
Ella se detuvo.
Colocó cuidadosamente la leña en el suelo, protegiendo su vientre con las manos firmes, aprendió después de meses de hacerlo sola.
—Rodrigo —respondió ella con calma—. No esperaba verte aquí.
—Yo… —tragó saliva—. No lo sabía.
Gabriela lo miró a los ojos, con una calma que sólo viene después de llorar lo más posible.
-Lo sé.
"¿Es mía?" preguntó, aunque la respuesta ya estaba escrita en cada gesto.
Le tomó un segundo.
—Sí. Es tu hijo.
El mundo de Rodrigo se fracturó silenciosamente.
Todo lo que había construido, cada sacrificio, cada ambición, de repente se volvió frágil ante una verdad simple y devastadora.
