Aquella mañana de martes, la Ciudad de México parecía ir con prisa. El tráfico rugía en la avenida Reforma, la gente entraba y salía del hotel Marquís con cara de sueño y café en mano, y un hombre de traje azul marino atravesaba el vestíbulo mirando a cada rato el reloj. Era Felipe Romero, dueño de una empresa de tecnología que había levantado desde cero. En su mano derecha llevaba un maletín de cuero café; en la izquierda, el teléfono con la última confirmación de una reunión que podía cambiarlo todo: inversionistas rusos, décimo piso, contrato millonario.
Iba tarde, sudaba un poco bajo el cuello de la camisa, pero en su mente solo había números, proyecciones y la palabra “éxito” escrita en letras grandes.
Casi ni vio a la niña que estaba sentada en un sofá de terciopelo rojo junto a la recepción. Tenía las piernas colgando, moviéndolas en el aire porque no alcanzaban el suelo, y un cuaderno para colorear en las manos que casi no miraba. Sus ojos cafés estaban fijos en los elevadores, como si esperara que de un momento a otro algo saliera de ahí. Llevaba un vestido azul sencillo y el cabello recogido en una coleta despeinada. Al lado del mostrador, una mujer revisaba papeles con el ceño fruncido: Lorena, la mamá de la niña, gerente de eventos del hotel, tratando de terminar su trabajo antes de llevar a su hija a la escuela.
Felipe presionó el botón del elevador sin pensar demasiado. Las puertas empezaron a abrirse con ese sonido suave y metálico que ya conocía de tantas reuniones. Lo único que pasaba por su mente era la cifra del contrato, las diapositivas que iba a presentar, la idea de un posible nuevo mercado en Europa del Este. Estaba tan concentrado que el grito lo tomó completamente por sorpresa.
