Amelia se alejó antes de que su padre o Elena la descubrieran.
El enfrentamiento inevitable
A medianoche, Amelia tocó la puerta de la habitación de Elena en la residencia del hospital.
La doctora Morales abrió desconcertada.
—¿Amelia? ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Quiero la verdad —dijo Amelia, con una voz quebrada que no usaba desde la adolescencia—. Toda. Ahora.
Elena palideció.
—Tú… escuchaste.
Amelia asintiendo, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Elena la invitó a entrar. Ambas se sentaron en la cama, como si hubieran vuelto diez años atrás, cuando Elena le contaba historias para que dejara de llorar por el dolor.
—Porque no quería que vivieras agradeciéndome —respondió Elena—. Porque tu vida es tuya, no mía. Yo hice lo que tenía que hacer.
Amelia negó con la cabeza.
-No. Hiciste más. Mucho más de lo que cualquiera hubiera hecho. ¿Por qué? ¿Por qué arriesgarte así?
Elena miró sus propias manos.
—Porque tú eras la única persona en esa casa que me trató como a un ser humano. Porque te reías con mis historias.
Porque me enseñaste inglés sin reírte de mi acento. Porque eras buena cuando no tenías ninguna razón para serlo. Porque merecías vivir, Amelia. Porque… —traga saliva—. Porque para mí eras familia.
Amelia rompió a llorar y la abrazó con fuerza, como una hermana que por fin comprende todo lo que estuvo a punto de perder.
—Nunca… nunca podré pagarte esto —sollozó.
