—No tienes que pagarme nada —susurró Elena, cerrando los ojos—. Ya lo hiciste el día que respiras sin dolor.
El pacto que selló su destino
A la mañana siguiente, Amelia y Elena se presentaron juntas ante Charles.
—Papá —dijo Amelia—. Esto no se va a ocultar. No más secretos.
Charles miró a ambas. Parecía mayor de lo que realmente era.
—Si esto sale a la luz… los medios van a destrozarnos. Van a acusarte —señaló a Elena— de prácticas ilegales. Y a ti —miró a su hija— de ser el resultado de un experimento irresponsable. Nadie va a entenderlo.
—Entonces los educaremos —respondió Amelia con firmeza—. Esta historia no se trata de un compuesto prohibido. Se trata de esperanza. De humanidad. De lo que la medicina aún no comprende.
Elena dio un paso adelante.
—No quiero fama. No quiero reconocimiento. Solo quiero que ninguna otra familia pase por lo que ustedes pasaron.
Charles respiró profundamente.
—Entonces haremos esto juntos —dijo finalmente—. Los tres.
La revelación pública
Un mes después, la Fundación Wellington convocó una conferencia internacional.
El auditorio estaba lleno.
Periodistas. Científicos. Escépticos. Políticos.
Y, en primera fila, Amelia.
Cuando Elena subió al escenario, las cámaras explotan en flashes.
—Mi nombre es doctora Elena Morales —comenzó—. Y hoy voy a contarles la verdad sobre lo que salvó la vida de Amelia Wellington.
Lo contó todo.
El compuesto experimental.
La inmunidad genética.
El riesgo personal.
Cuando terminó, la sala entera estaba en silencio.
