—Amelia no iba a llegar a la mañana siguiente. Usted no lo sabía... ningún médico se lo dijo. Pero yo lo escuché. Detras de una puerta. Decían que sus pulmones estaban colapsando, que solo quedaba esperar. Yo… no podía aceptarlo.
—Eso no te daba derecho a…
—Lo sé —lo interrumpió ella con voz temblorosa—. Pero encontré algo. Entre los apuntes de un médico maya que trató a mi hermano años atrás. Un compuesto experimental… prohibido en Guatemala. No por ser peligroso, sino porque nadie quiso investigar sus efectos reales.
Charles apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Le diste a mi hija una sustancia experimental sin mi permiso.
Elena alzó la mirada. Y por primera vez, mostró la fuerza que había ocultado durante años.
—Señor Wellington, ella estaba muriendo. Yo hice lo que nadie más se atrevió a hacer.
Un silencio cortante cayó sobre la habitación.
— ¿Y funcionó casualmente? —espetó él—. ¿O hubo algo más?
Elena apretó los labios. Entonces lo dijo.
—Funcionó… porque Amelia y yo compartimos el mismo tipo de inmunidad rara. Es genético. Lo heredé de mi abuela. Algo en mi sangre neutraliza el compuesto y lo vuelve… terapéutico.
Charles parpadeó, incrédulo.
—¿Me estás diciendo que…?
—Sí —susurró ella, finalmente derrumbándose—. Para salvarla, mezclé el compuesto con mi propia sangre.
Un golpe seco resonó cuando Charles se alejó de la mesa.
—Eso ya no es medicina —murmuró él—. Es un milagro… o una locura.
Elena tragó saliva.
—Es ambas cosas.
El peso de la vida que salvó
Charles caminó de un lado a otro. Elena permaneció inmóvil, como alguien que al fin acepta una sentencia inevitable.
—Amelia lo sabe? —preguntó él.
-No.
—¿Por qué lo ocultaste?
