Mi nombre es Fernanda Santos y soy invisible. O al menos, lo era hasta aquella mañana de junio en la que el mundo decidió mirarme, no a los ojos, sino a través del frío cristal de una celda de acusados. Durante años, mi existencia se redujo a ser un par de manos que frotaban, limpiaban y ordenaban el desorden que dejaban los ricos en sus vidas perfectas. Manos agrietadas por la lejía, espalda curvada por el peso de los cubos de agua y un corazón que latía con un único propósito: Isabela.
Todo comenzó mucho antes de aquel juicio, en las calles empinadas y ruidosas de Vallecas, al sur de Madrid. Allí vivíamos nosotras tres: mi abuela Marta, Isabela y yo. Nuestra casa era un bajo interior de cuarenta metros cuadrados, con paredes que sudaban humedad en invierno y un techo que parecía querer abrazarnos demasiado fuerte. No era un palacio, pero olía a café recién hecho y al suavizante barato que usaba para lavar la ropa de mi hija. Era nuestro refugio.
Cada mañana, mi alarma sonaba a las 5:00 AM. No me despertaba el sonido, sino la ansiedad. Esa presión en el pecho que te recuerda, antes de abrir los ojos, que eres el único pilar que sostiene un edificio a punto de derrumbarse. Mi abuela Marta, con su diabetes y esa hipertensión que la dejaba sin aliento, dependía de mis manos tanto como Isabela.
—Fernanda, hija, descansa un poco más —me susurraba la abuela desde su cama cuando me oía trastear en la cocina—. Te vas a matar trabajando.
—El descanso es para los ricos, abuela —le respondía yo con una sonrisa cansada, besando su frente arrugada—. Nosotras tenemos sueños que pagar.
Y mis sueños tenían nombre y apellidos: Isabela Santos. A sus seis años, mi hija era un milagro de rizos rubios y ojos castaños que absorbían el mundo con una curiosidad insaciable. Era demasiado inteligente para su edad, o quizás la pobreza hace que los niños maduren antes de tiempo, aprendiendo a leer los silencios y las preocupaciones en los rostros de sus madres.
Mi trabajo estaba al otro lado de la ciudad, en el Barrio de Salamanca, esa zona de Madrid donde los edificios tienen porteros con librea y el aire huele a perfume caro y a tranquilidad. Trabajaba en “Jardines Imperiales”, un complejo residencial de lujo donde un solo apartamento costaba más de lo que yo ganaría en diez vidas. Limpiaba tres casas al día. Ochenta euros por casa. Doscientos cuarenta euros si lograba llenar la agenda. Era dinero negro, sin contrato, sin seguridad social, sin derechos. Dinero que desaparecía tan rápido como entraba: el alquiler, las medicinas de la abuela, la comida, el abono transporte.
