Los años pasaron entre sacrificios silenciosos. Yo limpiaba casas, planchaba ropa ajena y por las noches escuchaba a Mateo explicarme, con palabras simples, ideas complejas. A los dieciséis años, creó una aplicación de organización logística para pequeñas empresas. No era un juego. Era eficiente, clara y barata. Un inversor local la vio, luego otro. En menos de un año, la aplicación fue valorada en 3,2 millones de dólares.
Entonces, como si el dinero tuviera voz, Laura regresó.
Apareció en nuestra puerta con un traje elegante y un abogado aún más elegante. Dijo que era la madre, que Mateo era menor de edad y que ella tenía derecho a administrar su patrimonio. Yo sentí que el suelo desaparecía. Nuestro abogado, un hombre honesto pero cansado, fue directo:
—Legalmente, podríamos perder.
Esa noche no dormí. Pensé que once años de cuidado, de amor y de lucha podían borrarse con una firma. En la primera audiencia, Laura habló de “errores del pasado” y de “querer lo mejor para su hijo”. Yo apenas podía respirar.
