Entonces, cuando el juez pidió una pausa, mi sobrino Javier, que nos acompañaba en silencio, se inclinó hacia mí y susurró con una calma desconcertante:
—Tía… déjala hablar.
Y en ese instante, supe que algo estaba a punto de cambiar.
La segunda audiencia fue distinta. Laura llegó confiada, convencida de que la ley estaba de su lado. Su abogado hablaba de derechos biológicos, de tutelas automáticas y de oportunidades perdidas que ahora podían “repararse”. Yo escuchaba con las manos temblando, pero Javier me sostuvo la mirada y asintió, como recordándome su consejo.
