A los veinte, la vida la llevó justo al lugar donde ahora estaba: el Club Copacabana. Se presentó a un puesto de limpieza con la dignidad apretada entre los dientes, porque el estómago vacío no entiende de sueños.
Firmó el contrato con manos temblorosas y, al mirar el salón de gala desde una puerta entreabierta, se prometió en secreto: “Un nhia vuelvo aquí… pero no como empleada”.
—¿Te quedaste soñando, Cenicienta? —la voz de Rafael la sacó de la memoria con un tirón cruel.
Las risas regresaron. Las camaras seguían. Marina sintió Lágrimas arder, pero no eran de miedo. Eran de rabia. Y de algo más profundo: una chispa antigua que se negaba a morir.
Entonces hizo algo que nadie esperaba.
Dejó la bandeja sobre la mesa más cercana. El metal sonó fuerte, como un golpe de campana.
—Acepto —dijo.
El murmullo explotó como pólvora. Rafael parpadeó, sorprendido de verdad. No esperaba que la “chica de la limpieza” dijera que sí.
—Pero… —Marina alzó la mano— antes tengo que terminar mi turno. Quedan membrillo minutos.
Rafael la bloqueó con el brazo.
