Hace quince años, otra sala, otros espejos. Una niña de ocho años girando con mallas rosas y sonrisa enorme. Y una mujer aplaudiendo con ojos brillantes: Vera Carvalho, su madre.
—Punta del pie, mi amor… alarga los brazos. Perfecto. Tu naciste para esto.
Marina recordó las manos de Vera guiando una pirueta, el abrazo al terminar, la promesa susurrada sobre su cabeza: “Un nhia vas a bailar en los mayores escenarios del mundo.
Luego el golpe seco de un cajón cerrándose.
Marina a los catorce, frente a un ataúd cerrado. “Accidente en la carretera”, dijeron. “Fue instantáneo”. Pero nada fue instantáneo para ella: el mundo tardó meses en caer, aunque lo hizo en silencio.
Por eso, es sólo cuestión de un hombre y una mirada vacía.
—No puedo con esto. Las deudas, la casa…tu. Yo voy. Te quedas con tu tua.
—Y ¿es escuela de danza? —preguntó Marina con la garganta rota.
—Olvida la danza. Ahora necesitas trabajar.
La puerta se cerró y ella no volvió a verlo jamás.
