Volvió al centro del salón y allí Bárbara la rodeó como una depredadora.
—Mírate… —le tocó el uniforme con dos dedos—. ¿Esto es algodón de a diez el metro?
Las risas se repartieron como aplausos baratos. Rafael Fingio Defensora.
—No seas mala, amor… quizás esté ahorrando para comprarse ropa de verdad.
Marina apretó los puños. Se formó un semicírculo alrededor, Móviles en alto. Un guardia de seguridad se acerca discretamente.
—Señorita, si prefiere salir, la acompañante.
Era la puerta abierta. La salida. La interpretación.
Marina miró la puerta… y luego miró a Rafael. Su sonrisa era la de quien ya se sentía vencedor.
—No —escuchó su propia voz, firme—. Voy a bailar.
Rafael alzó las cejas.
—Entonces, primero quítate ese delantal. Tienes que parecer mínimamente presentable.
Marina desató los nudos con manos temblorosas. El delantal manchado de detergente cayó como una piel vieja. Se quedó con una blusa blanca sencilla y un pantalón negro. Los comentarios llovieron: que vergüenza, que pena, que divertido.
