Rafael incluso quiso ofrecerle su saco, como un gesto de caridad fingida. Marina no lo tomó. No quería su “ayuda”. No quería su permiso.
Y, sin embargo, algo empezó a quebrarse por dentro. No había entrenado en quince años. Sus manos estaban ásperas, con callos de trabajo. Sus pasteles ya no eran delicados. Eran pies que conocían el peso de baldes, turnos largos, suelos fríos.
Una voz interna la atacó: “Vas a caer. Vas a equivocarte. Vas a confirmar lo que ellos creen”.
Entonces Marina se quitó los zapatos gastados y quedó descalza sobre el mármol.
— ¿Qué estás haciendo? —Rafael frunció el ceño—. Las bailarinas clásicas no usan zapatos comunes.
—¿O no sabes ni eso? —respondió ella, mirándolo directo.
Su sonrisa vaciló un segundo. Fue pequeño, pero el salón lo notó.
Bárbara hizo una mueca.
—Mira las plantas de sus pies… qué asco.
Rafael, cruel, sacó su cóvil y les tomó una foto. Destello. Mostró la pantalla a sus amigos como si fuera un trofeo.
Marina dio un paso atrás. El frío del piso le quemó.
