almente con noticias, todos contuvieron el aliento.
—Neumonía —anunció—. Pero la han traído a tiempo. Con antibióticos y reposo, estará bien.
El alivio fue tan grande que David tuvo que sentarse. Miriam abrazó a Sofía. Los gemelos se quedaron dormidos, agotados, uno recostado en cada lado de ella. Alexander, con los ojos rojos, se quedó mirando por la ventana de la sala de espera, tragando el miedo como si fuera un dolor físico.
De regreso a casa, con Emma dormida, pegada a su pecho, David escuchó la voz de Alexander desde el asiento trasero.
—Papá… —dijo, en voz baja—. Cuando Emma se puso así, lo único que quería era que María estuviera ahí.
David lo miró por el espejo.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque ella nos quiere de verdad —respondió el niño, sin dudar—. Como mamá.
Las palabras de su hijo terminaron de abrir algo que él había mantenido cerrado por miedo a traicionar la memoria de Sara.
Esa noche, cuando los niños por fin descansaban, María seguía despierta en la cocina, preparando una sopa para el día siguiente. Tenía ojeras profundas, el pelo despeinado y las manos rojas de tanto lavarse. Aun así, cuando David entró, sonrió automáticamente.
—Gracias por todo lo que hiciste hoy —empezó él.
