—Cualquiera lo habría hecho —respondió ella, encogiéndose de hombros.
—No. —Él negó con la cabeza—. Cualquiera no. Tú hiciste lo que haría una madre.
María se quedó quieta, con la cuchara en el aire. El corazón le golpeaba tan fuerte que podía escucharlo.
—David… —susurró—. No digas eso si no…
—Te amo —la interrumpió él.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, irreversibles.
—Te amo —repitió—. Amo cómo miras a mis hijos. Amo cómo has devuelto la vida a esta casa. Amo cómo me has enseñado que puedo recordar a Sara sin que el recuerdo me rompa. No quiero volver a imaginar esta casa sin ti.
María cerró los ojos un segundo. Había soñado con escuchar esas palabras, pero también había temido que llegaran. Pensó en Margaret, en las miradas de la gente que no entendía. Pensó en sus propios miedos.
—Somos de mundos muy distintos —dijo, con un hilo de voz—. Yo no encajo aquí.
