—No —respondió David, tomando sus manos—. Venimos de mundos que se necesitaban. El tuyo me enseñó que el amor no se compra. El mío puede ayudarte a llegar a más niños como los míos. Y si hay gente que no entiende… es problema de ellos. No estoy dispuesto a perderte por eso.
María lo miró, con los ojos llenos de lágrimas, y entendió que el amor que había crecido en esa casa no era un sustituto, sino una continuación. No venía a borrar a Sara, venía a honrarla.
—Yo también te amo —susurró.
Desde lo alto de la escalera, Alexander, que se había levantado en secreto a beber agua, los vio abrazarse. Sonrió por primera vez sin sentirse culpable… y se volvió a su cuarto con el corazón liviano.
Un año después, la mansión de Palo Alto ya no parecía un museo de recuerdos, sino un hogar de verdad.
Emma corría por el jardín persiguiendo mariposas, gritando “¡Mira, mamá María, mira!” mientras reía sin miedo. Los gemelos tenían una casa en el árbol que ellos mismos habían diseñado y construido con ayuda de David y María; ahora utilizaban su energía para inventar historias, no para destruir habitaciones. Sofía, con su tutú de ballet y sus cuadernos llenos de dibujos, volvía a imaginar futuros posibles. Alexander había vuelto a tocar el piano. Cada noche, antes de dormir, le enseñaba a Emma pequeñas melodías que componía solo para ella.
