A las ocho de la mañana, el celular de María vibró mientras esperaba el autobús.
—¿María Hernández? —preguntó una voz cansada, pero amable, al otro lado de la línea—. Habla David Morrison. Leí su correo. ¿Podría venir a mi casa hoy?
Cuando el autobús la dejó en Palo Alto, María tuvo la sensación de que se había bajado en otro planeta. Las casas no eran casas, eran palacetes. El papel arrugado con la dirección sudaba entre sus dedos. Caminó hasta una propiedad que le quitó el aliento: portones de hierro, una fuente de mármol, una entrada circular donde cabrían todos los coches de su barrio.
Por un segundo pensó en darse la vuelta. “No perteneces aquí”, insistía esa voz antigua de miedo. Y entonces recordó las palabras escritas en el papel: “Busco un corazón que no se rinda”.
Tocó el timbre.
No la recibió un mayordomo perfecto, ni una asistente vestida de traje. La puerta se abrió y apareció un hombre con barba de varios días, ojeras profundas y una camisa arrugada. No era el multimillonario pulcro de las revistas; era un viudo agotado.
