La neblina de la mañana todavía se aferraba a las calles de Madrid cuando Daniela Ríos, con el cuerpo debilitado por el cansancio y el hambre, avanzaba tambaleándose por la Gran Vía. Su ropa estaba gastada, sus zapatillas casi rotas, y cada paso parecía un esfuerzo demasiado grande para sus piernas. A su lado iban dos niños pequeños —Javier y Lucas, gemelos de apenas dos años— agarrados a sus manos, llorando bajito. No entendían por qué siempre tenían hambre, por qué siempre estaban cansados, por qué nunca se quedaban mucho tiempo en el mismo sitio. Solo sabían que su madre estaba haciendo todo lo posible.
Daniela se detuvo cerca de una marquesina de autobús y se dejó caer poco a poco al suelo. El pecho le oprimía, la vista se le nublaba. Llevaba días casi sin comer. Los gemelos se sentaron a su lado, confundidos y asustados. Los coches pasaban. La gente miraba de reojo. Pero nadie se detenía.
Hasta que un coche sí lo hizo.
