La noche olía a gasolina ya lluvia vieja cuando Mateo se acurrucó detrás de un contenedor de basura. Tenía doce años, la ropa pegada al cuerpo, los pies fríos y el estómago vacío. Desde ahí, veía clara la mansión que dominaba la cuadra: rejas altas, luces de jardín y ventanas tan limpias que parecían de otro mundo.
De pronto vio algo que le heló la sangre. Tres hombres vestidos de negro saltaron la reja lateral, moviéndose como sombras con linternas en la mano.
—Apúrense —susurró uno—. La señora fue clara: todo tiene que quedar listo antes de las ocho.
“La señora”. Mateo tragó saliva. Uno de ellos llevaba una caja de herramientas y un rollo de cinta amarilla. No parecían ladrones. Parecían personas que sabían exactamente qué estaba haciendo.
El chico se pegó al muro del garaje, manteniendo la respiración.
— ¿Y el sistema de alarma? —preguntó otro.
—Desactivado. La señora pagó bien. Cuando él llegue, encenderá las luces y todo volará por los aires, parecerá un accidente. Nosotros estaremos lejos.
La palabra “accidente” le golpeó la cabeza. El viento arrastró hasta allí un olor dulce, pesado, distinto a la gasolina de los coches. Gas. Mateo no sabía de válvulas ni de sistemas, pero conocía el peligro. Había visto suficiente en la calle. Había perdido a demasiada gente por cosas que “nadie vio a tiempo”.
Podía quedarse callado y seguir con su vida en la acera, fingir que no escuchó nada. O podía hacer algo.
El miedo le decía que se quedaría escondido. Algo más profundo —tal vez la memoria de su madre diciéndole que no fuera cobarde— lo empujó a correr.
