—Yo solo quería avisarle al señor Julián…
—No sabes ni lo que oíste —escupió ella—. Cuida tu imaginación, o te va a costar caro.
El niño intentó hablar con Julián esa noche. Le contó a medias del hombre en el despacho, de las firmas, de algo que iban a hacerle. Pero el empresario, agotado y saturado, solo respondió:
—Necesito pruebas, Mateo. No puedo acusar a nadie por lo que un niño cree haber oído.
Las palabras fueron como una puerta cerrándose. Esa misma madrugada, con una tormenta desatada afuera y el perro a su lado, Mateo hizo la mochila, abrió la ventana y se fue.
Julián despertó con un trueno, un presentimiento y la puerta trasera golpeando con el viento. Encontró la cama vacía, la mochila desaparecida y, en el suelo, un dibujo arrugado: una casa rodeada de niños sonrientes y, encima, la palabra “SEGURA” escrita con letra chueca.
Sintió que se le partía algo por dentro. Otra vez un niño se le escapó entre las manos.
Lo buscó por la ciudad bajo la lluvia, recorrió esquinas, refugios, viejos toldos. No encontré nada. Solo el silencio y la culpa.
