Sintió que se le partía algo por dentro. Otra vez un niño se le escapaba entre las manos.
Lo buscó por la ciudad bajo la lluvia, recorrió esquinas, refugios, viejos toldos. No encontró nada. Solo el silencio y la culpa.
Días después, un exchofer de la mansión, Diego, lo citó en un parque y le entregó un pendrive.
—Callé demasiado —dijo—. Aquí hay grabaciones de Ramiro y… de ella. El fuego del pasado nunca se apagó, señor Herrera. Solo lo taparon con dinero.
Esa noche, Julián escuchó la voz de Verónica diciendo “todo debe parecer un accidente”, las risas brindando “por el accidente perfecto”, los planes de mover dinero usando su nombre, las burlas de Ramiro. Cada palabra era un golpe directo a todo lo que había creído.
