La noche olía a gasolina y a lluvia vieja cuando Mateo se acurrucó detrás de un contenedor de basura. Tenía doce años, la ropa pegada al cuerpo, los pies fríos y el estómago vacío. Desde ahí, veía clara la mansión que dominaba la cuadra: rejas altas, luces de jardín y ventanas tan limpias que parecían de otro mundo.
De pronto vio algo que le heló la sangre. Tres hombres vestidos de negro saltaron la reja lateral, moviéndose como sombras con linternas en la mano.
—Apúrense —susurró uno—. La señora fue clara: todo tiene que quedar listo antes de las ocho.
“La señora”. Mateo tragó saliva. Uno de ellos llevaba una caja de herramientas y un rollo de cinta amarilla. No parecían ladrones. Parecían gente que sabía exactamente qué estaba haciendo.
El chico se pegó al muro del garaje, conteniendo la respiración.
