El baño está justo al lado. Abrió la puerta revelando una habitación simple, pero acogedora. La cama estaba perfectamente tendida. Había toallas dobladas sobre una silla y una lámpara de noche que emitía luz cálida. Es perfecto dijo Isabel y lo decía en serio. Hay ropa en el closet, agregó Miguel. De mi hermana. Bueno, exhermana, larga historia, pero dejó cosas aquí hace años.
Tal vez algo le quede a Emilio. Y a ti también. Gracias. Isabel sintió las lágrimas amenazando nuevamente. No sé cómo agradecerte esto. No tienes que agradecer nada. Miguel retrocedió hacia la puerta. Descansen. Si necesitan algo, estaré en la sala. Y sobre la cena, ¿les parece bien pizza? Hay un lugar que entrega hasta tarde.
Pizza suena perfecto. Dijo Emilio repentinamente más despierto. Cuando Miguel cerró la puerta y los dejó solos, Isabel se sentó en la cama y abrazó a Emilio con fuerza. ¿Ves? dijo Emilio. Te dije que parecía bueno. Sí, amor, tenías razón. Y por primera vez en todo el día, Isabel sintió que tal vez, solo tal vez, todo iba a estar bien.
La pizza llegó en una caja de cartón manchada de grasa, que Miguel colocó sobre la mesa de centro como si fuera el tesoro más valioso del mundo. Isabel observó como Emilio se lanzó sobre la primera rebanada con un hambre que le recordó que su hijo no había comido nada decente en todo el día. El queso se estiraba mientras él mordía, sus ojos cerrados en pura satisfacción y algo dentro de Isabel se rompió y se recompuso al mismo tiempo.
Esto, esto era lo que necesitaban. No lujos ni promesas grandiosas, solo comida caliente y un lugar seguro. Miguel comía en silencio, permitiéndoles ese momento sin interrupciones ni preguntas incómodas. Isabel lo observó mientras fingía concentrarse en su propia rebanada.
Había algo en la forma en quese movía por su propio espacio, como si no estuviera completamente cómodo ahí, como si este departamento fuera solo un lugar donde dormía, pero no realmente vivía. Las paredes estaban desnudas, excepto por un par de cuadros genéricos que probablemente venían con el lugar. No había fotos familiares, no había recuerdos visibles, nada que indicara que una persona con historia y pasado habitaba estos espacios.
El departamento olía a limpieza reciente y soledad vieja. Era impecable, pero frío, funcional, pero vacío. Isabel reconoció esa sensación porque había vivido algo similar en sus últimos meses con Damián, cuando la casa que compartían se había convertido en un museo de lo que alguna vez fueron en lugar de un hogar donde construir lo que podrían ser.
Emilio terminó su tercera rebanada y se dejó caer contra el respaldo del sofá con un suspiro dramático de satisfacción. Tenía salsa de tomate en la comisura de los labios y las mejillas sonrojadas por el calor de la comida. Isabel se inclinó para limpiarle la cara con una servilleta, ese gesto automático de madre que había repetido miles de veces, pero que esta noche se sentía diferente, más consciente, como si estuviera memorizando cada detalle, porque no sabía cuándo sería la próxima vez que podrían tener algo así. La televisión
murmuraba en el fondo, transmitiendo el preludio a la medianoche. “Faltan 40 minutos para el año nuevo”, anunció el presentador con ese entusiasmo manufacturado típico de estas fechas. Multitudes se agolpaban en el zócalo, familias brindaban anticipadamente, parejas se abrazaban bajo confeti de colores, todo el mundo celebrando, todo el mundo con un lugar, todo el mundo menos ellos.
