“Nuestra Mamá Murió Esta Mañana… No Tenemos a Dónde Ir”, Un Granjero Dice: “Ya Están En Casa…

Aquella mañana blanca, el silencio se quebró con un golpe tímido en la puerta. Tomás estaba inclinando el café cuando escuchó el segundo golpe, más débil, como si el visitante temiera que abrir fuera un error. Al abrir, el aire le cortó la cara y el porche parecía un pedazo de mundo congelado. Allí, sobre la nieve, temblaban tres niñas.

La mayor tenía los labios agrietados y la mirada firme, de esas que nacen cuando la vida te obliga a crecer antes de tiempo. Tomaba de la mano a una pequeña que apretaba una muñeca de trapo sin un ojo. Entre ambas, una niña de cabello oscuro, recogido a medias con un lazo deshilachado, lo miraba con una mezcla de miedo y desafío, como si ya supiera que la compasión es hermosa, pero no siempre segura.

—Nuestra mamá murió esta mañana… No tenemos a dónde ir —dijo la mayor, y su voz no tembló, aunque todo en su cuerpo sí.

Tomás sintió que el fuego de la estufa se enfriaba dentro de él. No vio intrusas. Vio sombras que parecían venir de un pasado que creyó enterrado junto a Clara. Trató de tragar saliva, pero la garganta le ardía.

—Entonces… ya están en casa —respondió, y se sorprendió al oírse hablar como si esa frase hubiera estado esperándolo toda la vida.