“Nuestra Mamá Murió Esta Mañana… No Tenemos a Dónde Ir”, Un Granjero Dice: “Ya Están En Casa…

Las hizo pasar. El calor de la estufa las abrazó de golpe. Las capas empapadas soltaron gotas en el piso. Olían a humo remoto, como si hubieran caminado a través de un incendio invisible. Tomás les llevó mantas limpias, camisas viejas, calcetines de lana. No preguntó demasiado al principio. En la miseria, a veces las palabras se rompen.

La mayor habló cuando la sopa humeó sobre la mesa.

—Me llamo Alma. Ella es Lía… y la chiquita es Ruth, pero le decimos Ru —señaló—. Mamá dijo que le diéramos esto a usted si algo pasaba.

Le extendió un paquete envuelto en tela, cosido con hilo azul. Tomás se quedó inmóvil. Ese hilo… Clara lo usaba. El mismo tono, la misma puntada. Sintió un escalofrío seco subirle por la nuca.

—¿Cómo se llamaba su madre? —preguntó al fin, con una calma fingida.

—Magdalena —respondió Alma, y el nombre cayó en la mesa como un vaso lleno que nadie se atrevía a beber.

Magdalena. Tomás había dicho ese nombre alguna vez, años atrás, junto al río, cuando la luna parecía prometerle una vida distinta. Magdalena había sido amiga de Clara… y también, antes de Clara, había sido la mujer que él casi eligió. No la veía desde el día en que ella, con ojos llorosos, le deseó felicidad y se alejó con la dignidad de quien se rompe en silencio.